sábado, 29 de septiembre de 2018

El Fin de la Sangre.


el 17 de Julio se cumplen cien años del fusilamiento de la Familia Imperial Rusa. Un convulso hecho revolucionario ocultado por el Régimen Soviético durante décadas.

La Revolución llegó a Rusia como un manto extendido sobre una nación hambrienta y exhausta tras múltiples fracasos bélicos, primero ante Japón y después durante la Primera Guerra Mundial. El Zar Nicolás II se vio obligado a crear una Duma (Asamblea), cuyo poder quiso controlar. Pero los soviets (asambleas de obreros en las ciudades) acabaron por revelarse como el verdadero poder emergente y el 17/3/1917 Nicolás II, Emperador y Autócrata de todas las Rusias, abdicó. Con Él acababan 300 años de dinastía Romanov en el Trono Ruso.

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El problema ahora era qué hacer con la Familia Imperial. Eran un estorbo, un dolor de cabeza para los soviets que, además, estaban inmersos en una guerra civil contrarrevolucionaria: Los rusos blancos se enfrentaban a los rusos rojos para restablecer el orden precedente. Ante semejante tesitura, el Zar y su familia eran un símbolo del Antiguo Régimen. Un peligro latente. Si los Rusos Blancos lograban rescatarles podrían restaurar el Zarismo. Se tomó una decisión drástica e irreversible.

En julio de 1918 la Familia Imperial se encontraba recluida en la Casa Ipatiev (una residencia incautada por los soviets a un mercader con dicho apellido), en Ekaterimburgo, totalmente incomunicada y aislada. Sería apodada “La Casa Del Propósito Especial”. Les acompañaban en su cautiverio un pequeño grupo de ayudantes de confianza, que les atendía en sus tareas cotidianas; y un nutrido contingente de guardias que se aseguraban de que el aislamiento era total, y que no recibían información del exterior. El encargado de su custodio era Yakov Yurovski, un acérrimo anti zarista y pro soviets.

La madrugada del 17 de Julio la familia dormía. Fueron despertados de repente, y conducidos al sótano con la excusa de que una batalla en las proximidades entre rusos blancos y rojos podía afectar a la casa, por lo que debían bajar por su propia seguridad. Las cuatro hermanas (Olga, Maria, Tatiana y Anastasia), su padre Nicolás, su madre Alejandra y, por último, el pequeño y valioso Alexei: el zarévich; El heredero. También el personal de servicio fue conducido a una pequeña habitación del sótano. Allí los agolparon y mantuvieron unos instantes, mientras en las inmediaciones de la casa descargaba un camión lleno de guardias armados.

Yurovsky condujo al pelotón de fusilamiento escaleras abajo y entraron en la habitación en mitad de un ambiente de pánico y confusión. Leyó una escueta sentencia de muerte para Nicolás, ante la estupefacción de toda la familia. Y sin mediar más palabra, comenzó la masacre. Las hermanas lograron salvarse de la primera ráfaga de balas, pues sus corsés estaban empedrados en joyas que les protegieron. Nicolás murió al instante, al igual que el Heredero, el pequeño Alexei. La Zarina, Alejandra, no paraba de gritar, y los soldados empezaron a asestar bayonetazos. Tras unos minutos, la familia al completo yacía en el suelo cosida a tiros y puñaladas. Una de las hermanas se hizo la muerta, pero los soldados se cercioraron de las muertes uno a uno y la remataron al darse cuenta.

La dinastía Romanov fue extirpada de un plumazo, como una planta arrancada con todas sus raíces.


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Tras la masacre los cuerpos fueron desfigurados para evitar que fueran reconocidos, y ocultados en un bosque cercano. Durante décadas el Régimen Soviético hizo mutis sobre el tema, dejando que una mezcla de misterio e indiferencia se cerniese sobre el asunto, y prohibiendo hablar de el. Incluso hubo farsantes que durante esas décadas se intitularon hijas del Zar, alegando que escaparon en el último momento de la masacre gracias a la ayuda de un guardia anónimo. Pero la verdad, igual que la apertura a Occidente, vino con la caída y desintegración de la URSS.

Nicolás II y su familia acabarían siendo canonizados como mártires por la Iglesia Ortodoxa Rusa en el año 2000. Sus asesinatos siguen conmoviendo cien años después. El retrato de una Familia autócrata en mitad de un país paupérrimo, totalmente alejados de su pueblo, e incapaz de ver una realidad que, cuando se reveló, lo hizo demasiado tarde para todos ellos. Los Romanov permanecen en los posos del imaginario colectivo como la máxima expresión del lujo en mitad de la escasez (con permiso de Maria Antonieta); Una burbuja de abundancia en un país que solo conocía pobreza. Y pese a esa línea invisible pero infranqueable que les separaba, eran solo una familia. Con unos niños que no eligieron ni decidieron nacer en aquella cuna.

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