el 17 de Julio se cumplen
cien años del fusilamiento de la Familia Imperial Rusa. Un convulso hecho
revolucionario ocultado por el Régimen Soviético durante décadas.
La Revolución llegó a Rusia
como un manto extendido sobre una nación hambrienta y exhausta tras múltiples
fracasos bélicos, primero ante Japón y después durante la Primera Guerra
Mundial. El Zar Nicolás II se vio obligado a crear una Duma (Asamblea), cuyo
poder quiso controlar. Pero los soviets (asambleas de obreros en las ciudades)
acabaron por revelarse como el verdadero poder emergente y el 17/3/1917 Nicolás
II, Emperador y Autócrata de todas las Rusias, abdicó. Con Él acababan 300 años
de dinastía Romanov en el Trono Ruso.


El problema ahora era qué
hacer con la Familia Imperial. Eran un estorbo, un dolor de cabeza para los
soviets que, además, estaban inmersos en una guerra civil
contrarrevolucionaria: Los rusos blancos se enfrentaban a los rusos rojos para
restablecer el orden precedente. Ante semejante tesitura, el Zar y su familia
eran un símbolo del Antiguo Régimen. Un peligro latente. Si los Rusos Blancos
lograban rescatarles podrían restaurar el Zarismo. Se tomó una decisión
drástica e irreversible.
En julio de 1918 la Familia
Imperial se encontraba recluida en la Casa Ipatiev (una residencia incautada
por los soviets a un mercader con dicho apellido), en Ekaterimburgo, totalmente
incomunicada y aislada. Sería apodada “La Casa Del Propósito Especial”. Les
acompañaban en su cautiverio un pequeño grupo de ayudantes de confianza, que
les atendía en sus tareas cotidianas; y un nutrido contingente de guardias que
se aseguraban de que el aislamiento era total, y que no recibían información
del exterior. El encargado de su custodio era Yakov Yurovski, un acérrimo anti
zarista y pro soviets.
La madrugada del 17 de Julio
la familia dormía. Fueron despertados de repente, y conducidos al sótano con la
excusa de que una batalla en las proximidades entre rusos blancos y rojos podía
afectar a la casa, por lo que debían bajar por su propia seguridad. Las cuatro
hermanas (Olga, Maria, Tatiana y Anastasia), su padre Nicolás, su madre
Alejandra y, por último, el pequeño y valioso Alexei: el zarévich; El heredero.
También el personal de servicio fue conducido a una pequeña habitación del
sótano. Allí los agolparon y mantuvieron unos instantes, mientras en las
inmediaciones de la casa descargaba un camión lleno de guardias armados.
Yurovsky condujo al pelotón
de fusilamiento escaleras abajo y entraron en la habitación en mitad de un
ambiente de pánico y confusión. Leyó una escueta sentencia de muerte para
Nicolás, ante la estupefacción de toda la familia. Y sin mediar más palabra,
comenzó la masacre. Las hermanas lograron salvarse de la primera ráfaga de balas,
pues sus corsés estaban empedrados en joyas que les protegieron. Nicolás murió
al instante, al igual que el Heredero, el pequeño Alexei. La Zarina, Alejandra,
no paraba de gritar, y los soldados empezaron a asestar bayonetazos. Tras unos
minutos, la familia al completo yacía en el suelo cosida a tiros y puñaladas.
Una de las hermanas se hizo la muerta, pero los soldados se cercioraron de las
muertes uno a uno y la remataron al darse cuenta.
La dinastía Romanov fue
extirpada de un plumazo, como una planta arrancada con todas sus raíces.

Tras la masacre los cuerpos
fueron desfigurados para evitar que fueran reconocidos, y ocultados en un
bosque cercano. Durante décadas el Régimen Soviético hizo mutis sobre el tema,
dejando que una mezcla de misterio e indiferencia se cerniese sobre el asunto,
y prohibiendo hablar de el. Incluso hubo farsantes que durante esas décadas se
intitularon hijas del Zar, alegando que escaparon en el último momento de la
masacre gracias a la ayuda de un guardia anónimo. Pero la verdad, igual que la
apertura a Occidente, vino con la caída y desintegración de la URSS.
Nicolás II y su familia
acabarían siendo canonizados como mártires por la Iglesia Ortodoxa Rusa en el
año 2000. Sus asesinatos siguen conmoviendo cien años después. El retrato de
una Familia autócrata en mitad de un país paupérrimo, totalmente alejados de su
pueblo, e incapaz de ver una realidad que, cuando se reveló, lo hizo demasiado
tarde para todos ellos. Los Romanov permanecen en los posos del imaginario
colectivo como la máxima expresión del lujo en mitad de la escasez (con permiso
de Maria Antonieta); Una burbuja de abundancia en un país que solo conocía
pobreza. Y pese a esa línea invisible pero infranqueable que les separaba, eran
solo una familia. Con unos niños que no eligieron ni decidieron nacer en
aquella cuna.


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